EL GRAN CONFLICTO
HELEN DE WHITE
Entre Cristo y Satanás revelado en las vidas y luchas del pueblo de Dios desde el tiempo de Cristo a través de los siglos hasta nuestro tiempo y más allá
41- Para los valdenses, las Sagradas Escrituras
no contenían tan solo los anales del trato que Dios tuvo con los hombres en lo
pasado y una revelación de las responsabilidades y deberes de lo presente, sino
una manifestación de los peligros y glorias de lo porvenir. Creían que no
distaba mucho el fin de todas las cosas, y al estudiar la Biblia con oración y lágrimas, tanto más los
impresionaban sus preciosas enseñanzas y la obligación que tenían de dar a
conocer a otros sus verdades. Veían claramente revelado en las páginas sagradas
el plan de la salvación, y hallaban consuelo, esperanza y paz, creyendo en
Jesús. A medida que la luz iluminaba su entendimiento y alegraba sus corazones,
deseaban con ansia ver derramarse sus rayos sobre aquellos que se hallaban en
la oscuridad del error papal
Veían que muchos, guiados por el papa y los sacerdotes, se esforzaban en vano por obtener el perdón mediante las mortificaciones que imponían a sus cuerpos por el pecado de sus almas. Como se les enseñaba a confiar en sus buenas obras para obtener la salvación, se fijaban siempre en sí mismos, pensando continuamente en lo pecaminoso de su condición, viéndose expuestos a la ira de Dios, afligiendo su cuerpo y su alma sin encontrar alivio. Así es como las doctrinas de Roma tenían sujetas a las almas concienzudas. Millares abandonaban amigos y parientes y se pasaban la vida en las celdas de un convento. Trataban en vano de hallar paz para sus conciencias con repetidos ayunos y crueles azotes y vigilias, postrados por largas horas sobre las losas frías y húmedas de sus tristes habitaciones, con largas peregrinaciones, con sacrificios humillantes y con horribles torturas. Agobiados por el sentido del pecado y perseguidos por el temor de la ira vengadora de Dios, muchos se sometían a padecimientos hasta que la naturaleza exhausta concluía por sucumbir y bajaban al sepulcro sin un rayo de luz o de esperanza.
Los valdenses ansiaban compartir el pan de vida con estas almas hambrientas, presentarles los mensajes de paz contenidos en las promesas de Dios y enseñarles a Cristo como su única esperanza de salvación. Tenían por falsa la doctrina de que las buenas obras pueden expiar la transgresión de la ley de Dios. La confianza que se deposita en el mérito humano hace perder de vista el amor infinito de Cristo. Jesús murió en sacrificio por el hombre porque la raza caída no tiene en sí misma nada que pueda hacer valer ante Dios. Los méritos de un Salvador crucificado y resucitado son el fundamento de la fe del cristiano. El alma depende de Cristo de una manera tan real, y su unión con él debe ser tan estrecha como la de un miembro con el cuerpo o como la de un pámpano con la vid.
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