Sábado, 12 de marzo de 2016
A LA SOMBRA DEL EMANCIPADOR-Lincoln Por T. E. Murphy 1950
A la Sombra del Emancipador
Por T.
E. Murphy
1950
1950
El mayor tributo
rendido a Lincoln
es eI
profundo sentimiento que
inspira el noble monumento
inspira el noble monumento
conmemorativo en Washington
Más
de un millón y medio de Personas visitan cada año el monumento conmemorativo de
Lincoln en la ciudad de Washington. Allí Abraham
Lincoln pertenece otra vez al pueblo. La mayor parte de los que van
a verlo son hombres y mujeres sencillos venidos de las aldeas, los llanos y las
montañas de los Estados Unidos, de Europa y de la América Latina. Aunque entre
ellos hay diversidad de lenguas, todos se sienten
atraídos por un magnetismo cuya fuerza aumenta año tras año. ¿Y por qué? La mejor manera de hallar la
contestación a esta pregunta es hacérsela a los visitantes mismos.
El
sol de la mañana acaba de retirarse de la cámara interior donde Lincoln está
serenamente sentado en su gran sillón de 3,8 metros de alto. La estatua, cuya
altura de los pies a la cabeza es de 5,8 metros, se compone de 28 trozos de
mármol blanco de Georgia. Son las nueve, y un guarda vestido de uniforme verde
oliva quita la cadena que sirve de barrera
Entonces
principia la peregrinación. Hay que subir una escalera de 58 peldaños. Al
llegar arriba la mayor parte de los hombres se descubren y contemplan
reverentemente la pensativa figura. Una mujer se enjuga los ojos; y otra de
manos encallecidas por el trabajo y traje que delata pobreza, cae de rodillas
como lo haría ante un altar. "Cosas así suceden con frecuencia,"
dice el guarda.
Y es que en esta estatua heroica, obra del escultor Daniel Chester
French, Abe* Lincoln, sale de los libros de
historia y habla con el pueblo. Este sentimiento de intimidad y afecto puede
percibirse claramente en las facciones de los que contemplan arrobados la
estatua, a veces hasta por 45 minutos. Y se hace
más notorio viéndolos leer en voz baja o alta el discurso de Gettysburg grabado
en la pared meridional del Monumento, o los extractos del discurso de la
segunda inauguración esculpidos en la pared del norte.
“Cada vez que leo estos discursos encuentro en ellos algo nuevo, “, dice un vendedor procedente de Nueva York.
Cerca de él está un hombre agachado que se esfuerza en explicarle
las palabras a un niño. Una mujer de cabeza cana, oriunda de Dakota del
Sur, dice mirando fijamente la estatua: "Es cautivadora„” y se lleva el pañuelo a los ojos. No lejos de
ella está una joven alta, superintendente de una fábrica de ropa del estado de
Ohío. Es más expresiva que la otra.
“Me gusta Lincoln, dice, porque con todos era justo."
Un
hombre de mediana edad, ex ingeniero. de minas de Colorado, expresa un juicio
que otras bocas repiten una y otra vez durante el día. "He aquí
un hombre, declara, que nunca cedió a la presión de las minorías. Era demasiado probo para ser un verdadero político,
demasiado probo para ser secuaz servil de una corrompida camarilla política.
Siempre fue paladín de la justicia y la rectitud."
Y
sonriendo como si quisiera excusarse agrega. "No
sé qué opinará usted de estas cosas; pero
en mí causan profunda impresión. Mi abuelo fue gobernador
de Kentucky. Abe Lincoln lo invitó para que se presentara como candidato a la
vicepresidencia. "
Detrás
de una de las pilastras jónicas de 15 metros de altura, otro hombre lee el
discurso de la segunda inauguración de Lincoln. Cuando vuelve la cara, me fijo
en la expresión de seriedad y mesura que hay en sus ojos castaños. Es don
Antonio José Coello, de Honduras. Me dice en excelente inglés que es
director de La Liberación, semanario que se publica en San Pedro Sula y cuya
circulación asciende a 15.000 ejemplares.
–“Para nosotros los centroamericanos- me
dice- Lincoln es el grande hombre, el más grande
del mundo. Lo queremos por sus puros ideales de libertad. Lo conocemos
perfectamente y en nuestros planteles de educación se estudian sus discursos.Siempre
vengo a ver a Lincoln cuando estoy en Washington. Soy amante fervoroso de la
libertad. Mi padre, Augusto Coello, escribió el himno nacional de Honduras
cuando era secretario de Estado”.
Luego
mueve la cabeza tristemente y agrega:
-Lo
que hoy necesitamos es otro Lincoln.
Un
joven medio tullido pero de cara alegre asciende penosamente la larga escalera;
se apoya en un bastón y va moviendo primero una pierna y después la otra. Es un
artista de Washington.
-“Bueno
¿qué opina del monumento-me pregunta con aire de propietario-Yo vengo
aquí muy a menudo. Me gusta venir porque ésta es una bella obra de escultura--
Y agrega --Lincoln era un hombre paciente. Por
eso lo admiro.”
El
sol ya está alto, y de los autobuses que llevan paseantes a los lugares de
interés sale infinidad de gente. Un grupo de niños de
escuela suben la escalera en pares que van muy ordenados uno tras otro. Yo
comento con la maestra el buen comportamiento de los niños.
-“Están más callados y quietos de lo que deberían estar- dice
melancólicamente- Es a causa de que son negros y se ven en un medio
extraño.”
Los niños, con los ojos muy abiertos, se aprietan los unos contra
los otros como para protegerse. Cuando por casualidad hablan, lo hacen
cuchicheando.
La maestra también es negra.
-“Tengo
dos hijitos -me dice- y mucho pienso en el modo como debo enseñarles a
mirar con ecuanimidad las distinciones de raza y otras cosas así. No quiero que
las vean con
amargura sino filósoficamente.
Es un problema muy difícil.
--Lincoln era un visionario y un idealista—agrega
mirando afectuosamente la estatua- Todavía queda muchísimo por hacer.
Tras
una pausa, exclama:
-Yo
detesto la palabra tolerancia. Hay que ir mucho más allá. Queremos que se nos
mire y se nos trate como seres de la especie humana, no como seres de otra
especie.
Son
casi las doce del día, y el guarda mira su registro. "Hoy el número de
visitantes pasará de 10,000," dice.
"Algunos
días vienen más de 50.000. Casi todos traen cámaras fotográficas."
Allí no se permite fumar, comer ni beber nada. "Tales cosas no se hacen en la iglesia ¿verdad "
pregunta el guarda sucintamente.
Otro hombre lisiado sube con trabajo la escalera, apoyado en dos
muletas. "Eso no es nada, dice el guarda. El otro día subieron a un hombre en una silla de
ruedas."
El
señor Arturo Pardo, de Caracas, importador de telas y hombre de mucha cultura,
me dice tomándome del brazo:
-Venga
conmigo y le enseñaré un poco de historia.
Se detiene
delante del discurso de Gettysburg y me dice:
-Mire
usted. Cuando Lincoln terminó este magnífico discurso, no hubo aplausos ni vítores; solamente silencio. ¡Pobre
hombre! Se volvió hacia uno de sus amigos y le dijo: "He fracasado otra
vez›
"Pero no; ¡no fracasó!-exclama
con entusiasmo el señor Pardo ‑
¿Qué diría ahora de sus fracasos si viera este soberbio monumento y
estas multitudes que vienen de toda la tierra a rendirle tributo
"Ah,
sí señor! -continúa- En Suramérica lo
conocemos sobre todo por sus palabras de fe en la libertad. Allí también es
nuestro grande hombre. El fue, por decirlo asl, un compendio
de virtudes humanas, sin que le faltaran sus flaquezas. Lincoln no fracasó.”
Hablo
con un hombre y su esposa, ambos de edad avanzada, que miran arrobados la
estatua. Son
tímidos, y la mujer retrocede un poco y dice algo a su marido en una lengua
extranjera. El, de pelo cano y rala barba blanca, dice suavemente; “No
hablamos bien el inglés. “ Debe de ser un rabino.
--Mi nombre no importa. Hemos estado esperando 20 años.
Ahora lo vemos cara a cara ¿verdad, querida ¿
La
mujer mueve la cabeza afirmativamente,
-Allá en nuestra tierra del Viejo Mundo leímos
acerca de él, y siempre habíamos esperado verlo algún día. Y ahora lo
vemos ahí. Precisamente como yo te lo decía -agrega dirigiéndose a su
esposa y acariciándole las manos.
El
sol ha desaparecido y empieza a caer una melancólica lluvia de otoño. En el
interior del venerable monumento hace un frío que hiela los huesos. Sin
embargo, continúan entrando multitudes de gente. En la confusión de voces
quedas que llenan el recinto se distingue una que otra frase. Así, alcanzo a
oír que un guarda dice: " Si, señora, desempolvamos la
estatua cada dos o tres días."
He
aquí un vendedor de granos, ya retirado del oficio, que ha traído a su nieta. "Abe Lincoln trataba a sus enemigos con honor y con
paciencia," dice. "¡Cuán diferente de los politicastros de
nuestros días,. Que tratan a sus opositores con ruindad o los ponen en
ridículo!"
A lo
lejos se ven como cuadritos fulgurantes las ventanas de los
desparramados
edificios del gobierno.
Uno de los guardas mira su registro v dice: "Lo que yo
esperaba. Más de 10,000 personas hoy, a pesar de la lluvia."
Pronto descenderán de nuevo la noche y el silencio, y Abe Lincoln se quedará otra vez solo, como vivió cuando el desolador torbellino de la
guerra civil azotaba su patria.
El muchacho tímido y rústico de un pueblo apartado de Illinois, el tosco abogado de cara mustia, el triste y angustiado Presidente del mantón y el viejo
sombrero de copa, aguardará sentado allí, y mañana, con la
regularidad de la salida del sol, llegará al recinto otra multitud de
peregrinos a reverenciar su memoria y a buscar
inspiración, consuelo y esperanza en su noble grandeza.
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